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Café o Cerveza

Actualizado: 25 may


Me dio más susto el rechinar de llantas que el profético rechinar de dientes. El freno fue tan abusado que pensé que bajarían de la camioneta unos cuantos tipos armados y cambiarían el ritmo de la vida que había llevado hasta ahora, siempre he dicho que, de la muerte solo me da miedo la forma en cómo va a ser, el resto me da alegría saber que algún día pasará.


Quedé expectante. Parado detrás de la vitrina de la ferretería algo me decía que sin duda ese momento sería diferente, ya poco a poco me iba acostumbrando a que me pasaran cosas

por ejemplo había pasado de prospecto de escritor a un puto vendedor de tornillos, me extasiaba pensar en eso, yo ya venía con una tuerca suelta y ahora me tocaba verlas todos los días, olerlas, manosearlas, contarlas, enroscarlas; me volvería loco algún día si seguía inhalando el cemento que quedaba en el ambiente, no había otra cosa que hacer, mi voluntad era torpe y lenta; en ese momento tal vez si deseé que se bajaran los tipos armados y dispararan.

Del vehículo descendieron un hombre alto y fornido de cabellera larga, parecía que visitaba todos los días el gimnasio porque su camiseta dejaba ver un pectoral compacto, algo rudo para mi gusto, pero se veía bien, imagino yo, daba cierta seguridad y presencia, aunque yo estaba deseando más su camioneta negra. También bajó la que tal vez era su mujer, se dieron un beso en la boca antes de entrar a la ferretería,

aunque dudaba que fuera su esposa, más bien parecía su moza, las mozas son la únicas que tienen un culo tan grande, era exagerado, parecían los pectorales del hombre incrustados en su trasero, dos bultos de gravilla que yo había cargado minutos antes de que ellos entraran era el símil perfecto para sus nalgas,

pero en ese enredo no me quería meter yo, cada quien que cargara el filete que pudiera llevar a cuestas, y aunque ya me estaba pasando de chismoso y metido; más bien me seguía babeando por su camioneta.

Los tuve en frente en un par de segundos, su expresión era educada y demasiado conscientes de lo que me estaban hablando, no parecían improvisar en ningún momento, era irrelevante lo que pasaba por mi mente, pero me parecía que el hombre luego de tomar tantos esteroides anabolizantes se le había expandido su cuerpo, pero se le habían encogido sus bolas, su voz era tan sumamente delgada que parecía que adentro de ese gran cuerpo estuviese una hermosa y delicada niña, me provocó pincharlo con las tenazas a las que apenas le estaba poniendo el precio para venderlas, para ver si en su grito dejaba salir el hombre que yo quería escuchar en ese escaparate de cuerpo.

Era demasiado extraña la visita de los dos personajes, yo trabajaba en una ferretería, pero ellos me estaban insistiendo en que les comprara una bolsa de café, yo les dije que no estaba interesado, pero la insistencia del hombre y la mujer los llevó a sacar de su vehículo una cafetera de prensa y agua caliente de un termo para preparar un poco de café delante de mí. No quería dañar la ilusión de los vivarachos personajes, mucho menos despreciar la confianza que se tenían para vender un producto, tal vez esa era una de mis frustraciones, ser un buen vendedor, como vendedor se puede conseguir dinero, todos los días pensaba en cómo conseguirlo; como escritor lo único que puedes conseguir es…es…es…nada, gastar tiempo y hojas.


Mientras preparaban el café que minutos antes habían sacado a la medida de un trabajado y bonito empaque, no puedo negar que su aroma me estaba cautivando…

el del café, el hombre y la mujer olían a viaje de ocho horas, era solo una apreciación pendeja, lo cierto es que sirvieron en una taza un poco del líquido, ellos venían preparados para todo, como debe de ser: tenían donde servir, donde calentar, donde todo; reitero que sabían del tema, eso me hacía sonreír. Sorbí parte del líquido y me transportó completamente, era fuerte y tenía un toque ácido que me encantaba, recordé el toque agrio al pasar la lengua por el cuerpo de una mujer, eso transportaba al que sea, me tomé dos tazas, ellos sonreían al ver que yo lo estaba disfrutando, tal vez porque pensaban que habían cumplido con su deber de buenos vendedores, lo que no sabían era que yo solo tenía tres mil pesos en mi bolsillo, mi quincena demoraría para llegar ocho días más y ese dinero lo estaba guardando sagradamente para tomarme el líquido que me tenía enyerbado, la cerveza.

Joaquín Cartero

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